Una reflexión de cuarentena sobre la pizza

De: Chubeto | @jesuitacarmona

La pizza me emociona poco tirando a nada. Culpo a la educación pública, a mis maestras de la Primaria Benito Juárez y a sus estrategias educativas. Día el Niño: pizza. Día del Maestro: pizza. Día de Día Internacional contra la Violencia a los niños Árabes por el conflicto Palestino: pizza. Siempre se sometía a votación, porque un valor cívico fuerte en el plan de estudios de aquella primaria era la democracia. A veces las hamburguesas casi ganaban. Los hotdogs, nunca. Siempre era pizza. Chihuahua, a principios del nuevo milenio, tenía a dos gigantes pizzeros peleándose por ser los responsables de la obesidad infantil: Dominos Pizza y Pizza del Rey. Usualmente, se compraba Pizza del Rey, porque era la más económica.

Domino’s llegó a la ciudad con una fuerte estrategia mercadotécnica, poniendo sobre el centro de la mesa la entrega gratis después de los 30 minutos. Además, Omar Chaparro y su programa en la ya extinta Intermedia TvAzteca era su principal promotor. Todos moríamos por Domino’s, o mejor dicho, moríamos para que el destino le deparara algo a ese pobre repartidor. Recuerdo de niño estar con mi hermano, junto a la ventana, midiendo los segundos ante la llegada de ese pobre preparatoriano que, apenas sabiendo conducir una moto, ponía en riesgo su miserable vida entregándonos una pizza.

Pizza del Rey anunciaba su putrefacción desde que yo tenía 10 años. “Entomatadas con pepperoni” les decía un buen amigo. La ciudad, plagada de sucursales perfectamente diseñadas para generar hambre (y sed de cerveza a los cansados padres que le decían “te amo” a su familia cada domingo con una pizza), nunca consideró renovar su receta, su servicio, su idea. No. Por el contrario, ante la llegada de otras franquicias (la fracasada Papa John’s, la siempre bienvenida Little Caesar’s y otras cuantas más, orgullosamente chihuahuenses) decidió lo que cualquier político panista decidiría con sus negocios o gobernanzas (que para ellos, es la misma cosa): decidieron convertirla en un buffet de pizzas. Vengan, vengan todos. Por sólo un billete de cien pesos coman toda la pizza que quieran: masa congelada por semanas, insumos de lo más económicos, queso ultraprocesado. Vengan. Igual sabemos que lo que quieren es comer mucho y olvidar todo.

Pizza del Rey murió como el rey desnudo que se pasea en el castillo, gritando incoherencias y llorando por lo que no puede ser. Un único vestigio de su miserable reino queda ahora en Plaza Vallarta. Si enfocas bien la mirada, puedes ver los buitres volando en círculos sobre su techo.

Domino’s nunca me gustó, ni siquiera de niño. Pizza del Rey, tampoco. Los carbohidratos no generan en mí esa reacción similar a la del heroinómano que provoca en mucha gente. En mi idiota lógica infantil, una pizza para mí era (y es, aún hoy en día, un poco) un pan salado con salsa de tomate y queso.

Pero es que es eso, o por lo menos eso debería ser. Una pizza debe ser eso.

Antes de que se casara, viví unos meses con mi mejor amigo. Hubo una época donde Mario se comía, diario, una pizza completa. De Domino’s, usualmente. Cuando le llego a preguntar por qué, él se encoge de hombros, da algunas explicaciones que no tienen que ver con la pizza y seguimos hablando de otra cosa. Pero yo sé por qué. No es que Mario sea fan de la pizza, no es que busque el platónico equilibrio entre una masa crujiente y sabrosa, una salsa de tomate ácida y dulce y un queso que golpee como una patada en la cara. No. Lo que Mario y todos los que ordenamos una pizza queremos, es eso: una idea, una comodidad. Deliciosa comida chatarra, hinchada por el sodio, el azúcar y la grasa, que llega hasta nosotros, y que si llega al minuto 31, es gratis.

No queremos comer rico. Queremos comer rápido.

Esa ilusión de “tengo esto rápido, pago poco por él” se convirtió en lo que Little Caesar’s ofrece. Ahora sólo basta llegar al mostrador, pagar, y una (otra) preparatoriana que jamás conocerá un fondo de retiro te entrega una pizza, en cosa de minutos, recién cocinada. Sí. Recién cocinada en enormes hornos donde lo único natural que hay ahí, es el gas que genera el calor.

“Es el mercado, amigo” diría el banquero español Rodrigo Rato. Sí. El mercado nos obliga a no tener tiempo de cocinar, de fermentar una masa, de ir a un mercado a comprar buenos tomates, a no darle 3 horas a esa estufa para cocinar una salsa casera. ¿Necesitamos esos Little Caesar’s? Por supuesto. Tienes hambre y quieres comer. ¿Domino’s Pizza es una encarnación de Stalin y debe morir? No. Come de ahí, como mi amigo Mario, cuatro veces a la semana si quieres. Ya le darás explicaciones al cardiólogo.

Pero que una cosa quede clara. Esas pizzas no son buenas.

Y hoy, gracias a muchos inadaptados que decidieron estudiar gastronomía, a los regresados de Estados Unidos que se ganaron la vida cocinando para italianos, a los aburridos que gastamos horas de nuestra mercantilizada vida viendo Youtube buscando la receta de la pizza perfecta, hoy, gracias a ellos, podemos decirlo: hay pizzas buenas y pizzas malas.

Y las pizzas buenas, amigo mío, amiga mía, son espectaculares.

Creo que a Dios no le gustaría una pizza con carne asada, camarones, tocino y pollo frito. Creo que a Dios le basta una buena masa, una buena salsa de tomate y un queso de calidad. ¿En verdad necesitamos tanto? “Sí” dirá aquel que entre los humos de la marihuana añora una pizza con carne al pastor, Cheetos Flaming Hot y aderezo ranch, y lo respeto: yo mismo he caído en apostasías que harían llorar a mis padres. Pero por favor, si queremos saber lo que es incorrecto, debemos conocer lo correcto.

Y una pizza, bastante correcta, es la de Amorevino.

Otra, bastante decente, es la de Il Fornaio.

Una menos espectacular, pero salva el día, es la de Nonna Bella.

Y aunque uno de los socios de Paladario me vaya a querer escupir en la cara mientras recoge sus cosas y se va, lo tengo que decir: La Bella Napole no le pide nada a las pizzas que tu novio cocina estando drogado.

¿Por qué? Existe una delgada línea que divide lo profano y lo divino, y esa línea, muchas veces, nos invita a tener un pie de un lado y otro del otro. Y eso no está mal. Las cuatro pizzerías que acabo de mencionar reúnen lo que para mí y mi diminuta vida interior significa una buena pizza: preocupación por la receta, calidad en los ingredientes y mucha pero mucha paciencia.

O no, quizá lo que entendemos como “pizza” esté más allá de lo que juzgamos desde el mercado, la experiencia o cosas aún más románticas y abstractas. En mi vida he hablado con algunos italianos y recuerdo lo que una en específico me dijo respecto a la pizza, Sara Zanella: “la pizza debe ser algo bueno”, me dijo en su inglés atropellado, y luego siguió bebiendo cerveza mexicana, ignorando todo lo que una buena cerveza debe ser, ignorando todo lo que una buena pizza debe tener, ignorando todo, sólo pasándola bien.

Quizá todas y todos debamos ser un poco italianos con la comida.

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