Escribo esto mientras horneo algo

Por: Chubeto | @jesuitacarmona @lechedebruja

Tengo una lasaña cocinándose en el horno, mientras tanto les voy a confesar cinco cosas.

1. Nunca me ha gustado el trabajo de oficina, y a pesar de que trabajo en un lugar que reúne todo lo que siempre soñé en una oficina (el refri siempre con cervezas, un SuperNintendo, gente talentosa y buena que me rodea), desde niño siempre he preferido estar en casa. Evitaba con insistencia el ir a la escuela, y lo conseguía sin interferir con mi siempre impecable promedio de 8.0. Ahora, con la cuarentena, de pronto me veo viviendo el sueño de poder despertarme temprano sin sentir el peso del reloj, del transporte público, de llegar a un lugar que por más maravilloso que sea, simple y sencillamente no amo; no por algo personal, es que no es mi casa. El pararme, darme una ducha, encender la computadora y hacerme un café, todo rodeado por el impoluto silencio de mi casa, me da una paz que poco o nada puede igualar. Me duele decirlo, pero este encierro obligado lo estoy disfrutando mucho, muchísimo.

2. Estoy haciendo el ayuno intermitente. Y no es que tenga un problema con mi cuerpo. Pocas cosas hay de mi que me gustan tanto como mis piernas largas, mis brazos con granitos y mi panza de entusiasta de la cerveza. Lo empecé a hacer por una suerte de solidaridad con Carlos, el amigo con el que vivo. Hago dieciséis horas de ayuno y las ocho horas restantes del día, puedo comer lo que yo quiera. Y lo hago. Mi relación con la comida cambió de manera contundente: cada bocado lo disfruto más, el sólo acto de ir a la tienda a comprar comida me es diferente, y, por supuesto, el cocinar haciendo ayuno y en medio de una pandemia, tomó un significado totalmente diferente. Creo mucho en muy pocas cosas: envidio a la gente religiosa, a los que hacen yoga, a los que creen que los hongos, la marihuana o la dieta vegetariana los hacen mejores personas, porque muchas veces funciona. Yo, que apenas y creo en cosas tan simples como el amor, la justicia, el deseo y el odio, puedo decir que el ayuno intermitente me ha ayudado a concentrarme más, a dormir mejor; mi gastritis se fue y mi humor se aligeró. Pero lo más importante: comer y cocinar son ahora dos cosas totalmente distintas, son dos cosas mejores.

3. Me gusta el ocio y me gusta el dinero. Soy proclive al alcohol, a la melancolía, a dormir en exceso y a ver El Exorcista por lo menos diez veces al año. Antes de ser el intento de bloguero gastronómico que quiero ser con Paladario, me dedico a escribir poesía, y si algo he aprendido de tal oficio es que la poesía es la gran celebración del ocio. Y no lo digo como algo malo. Si algo necesitamos los seres humanos hoy en día es el tener la posibilidad de hacer lo que nos gusta, o mejor aún, a no hacer nada. Pero en todo caso, tengo que comer. Tengo que pagar una renta, la mensualidad de mi PlayStation 4 y los sotoles que le compro a Ricardo Pico. Entonces caigo en la revelación de algo más importante: me gusta mucho el dinero. Y para tener dinero, tengo que trabajar, y desde que Paladario apenas me ha dado para una ronda de cervezas a mis amigos, veo este hermoso lugar como un sitio similar al que he construido en diez años escribiendo poesía: un sitio donde puedo escribir porque sí. Desde el inicio del año tuve gastos económicos fuertes: urgencias y emergencias, mudanzas, deudas ¿y eso cómo se paga? Trabajando. Es por eso que en ese entonces decidí mandar a dormir al cerdito de nuestro logotipo.

4. Me acobardé. Paladario comenzó bajo la idea de generar un espacio donde se escribiera sobre lo que me gusta comer y lo que me gusta cocinar. Con mucha generosidad Guso se convirtió en parte de esto y posteriormente Aniela y Raúl Aníbal. Pasó entonces de ser un blogsito de comida a un motivo por el cual personas que no conocía me saludaban en bares y restaurantes, preguntándome si realmente odiamos a La antigua paz o por qué no hemos escrito nada de tal o cuál lugar. Este lugar, Paladario, empezaba a funcionar de una manera que no me imaginé, y pese a las palmadas en la espalda de amigos, e incluso de ofertas económicas de personas bienintencionadas, volví a caer en el mismo vicio que he caído desde hace años: hacerme bolita.

5. Tengo ahora tres trabajos, y puedo decir con el corazón en la mano que ese dicho de “no tengo tiempo para nada” es una pinche mentira enorme. Y por eso estoy escribiendo esto, luego de un día donde quizá escribí más de dos millones de palabras, pero estoy contento. Me gusta escribir, me gusta comer, Paladario es el lugar que siempre imaginé y aquí puedo hacer todo eso.

Esos son los cinco motivos por los cuales el Paladario se apagó y hoy se reactiva.

Recuperamos el dominio y estamos a nada de comenzar a generar contenido audiovisual. Gracias a las personas que me veían y con toda la autoridad del mundo decían “eres un pendejo por no seguirle al Paladario”. Estamos de vuelta.

Se me quemó la lasaña.

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