¿Por qué es bueno el Gabba Gabba?

Por: Chubeto | @jesuitacarmona

En el 2017 viví durante unos meses en Venezuela. Los motivos, simples. Dos: trabajo, y el siempre inestable sentido del humor de Dios. Quizá los seis meses más contradictorios de mi vida, en donde aprendí muy pocas cosas. Las más importantes, quizá, son las siguientes:

  1. Vivir en un hotel es horrible.
  2. La lengua de res, mejor hervida que horneada.
  3. Una tasca es un lugar maravilloso.

Cerca de mi aséptico hogar en Caracas existía un tramo de no más de 300 metros bautizado como El callejón de la puñalada. Entre el vapor de los orines, el aceite para freír y el ron, brotan del suelo chavista cinco o seis establecimientos esquizofrénicamente distintos entre sí. Afuera de uno puedes ver a una pareja de hombres, apenas en los cuarenta, besándose mientras bailan algo de Eddie Santiago; o a un grupo de jipis cuyas hermosas caras están destruyéndose por la piedra y el ayuno religioso; tres o cuatro estudiantes de arte y literatura hablando de las contradicciones del chavismo y la inexactitud política de la oposición. El monótono tempo del acid house más predecible se abrazaba con la insoportable voz del güey que canta en Pearl Jam, y si uno aguzaba el oído, podías casi sentir la estática de un acetato que tocaba al siempre inmortal Fania All-Stars. El callejón de la puñalada era para mí como volver a mi casa, a ese edificio incoherente que dejé en Chihuahua, donde vivía con cuatro amigos y –salvo el consumo de piedra y la mortificación física– todo lo anterior mencionado ocurría casi diario.

Callejón de la puñalada.
Tomada de caracasdc.blogspot

Al finalizar el callejón, casi en la esquina con el Bulevar Sabana Grande, un lluvioso mediodía de agosto, mi amigo –también chihuahuense, también devastado, también hambriento–, Raúl Aníbal, me invitó a una tasca. Ah… esa palabra ambigua en la mente y deliciosa en la lengua. Recuerda a una construcción de piedra milenaria, o a una enfermedad que arrasó la Europa del siglo XII. Tasca. Tasca. Tasca. Los amigos adinerados que hice allá; los amigos chavistas que hice allá; los amigos chavistas adinerados que hice allá, y la parvada de almas asesinadas que vivían conmigo en ese hotel, todas ellas y todos ellos decían mucho esa palabra: tasca. Y aquella vez, cuando mi amigo dijo con esa voz tan suya, al mismo tiempo terrorífica y al mismo tiempo enternecedora: “tengo que llevarte a una tasca”, pude saber una cosa. Este es el tipo bar que me gusta.

En Venezuela dormía poco y mal. La ventana de mi habitación (en un siempre provocativo piso doce) daba directo al distribuidor de la Troncal 9. Si algún tipo de compulsión desarrollé en ese país fue la de ver el amanecer, casi diario, y casi siempre llorando. Los rayos del sol impactan contra el concreto de la autopista y el de todo ese brutalismo tan digerido ya por mi amada Ciudad de México, pero que en Caracas ganaba un aire casi de ciencia ficción: enormes edificios grises entre los rescoldos del gas lacrimógeno, y árboles, cientos, miles de árboles. Y en uno de esos amaneceres, saliendo de un trance de mocos, lágrimas y sobreanálisis de malas decisiones, decidí ver mi celular, casi siempre en el suelo alfombrado de un color verde, también, moco. Revisé las notificaciones: muchos amigos, muchas conocidas, mucha gente de Chihuahua diciéndome una cosa que no pude entender hasta tiempo después: “los Revilla abrirán un bar”.

En ese entonces mi vida giraba en torno a cosas muy específicas, pero no por eso menos abstractas. El apellido “Revilla” sí que lo ubicaba, de cuando trabajé en Kaldi, pero fuera de eso, el puré que era mi cerebro no me permitió ir más allá ni decir más que un simple: “qué chingón”, y en verdad consideraba algo chingón que un nuevo bar abriera en Chihuahua. Digo, eso nunca está de más en una ciudad cada vez más llena de antros de obsolescencia programada y franquicias que no ofrecen nada emocionante.

Pasaba lista en mi mente de los lugares de Chihuahua que se podían equiparar con mi experiencia en El Callejón de la puñalada. Nada. No hay. No había.

Luego de dieciséis horas en Panamá regresé a México. Mis amigos me recibieron. Yo les di tabaco y ron venezolano, ellos me dieron Carta Blanca y una carne asada tan improvisada como hermosa. Yo quería un bar, y por primera vez en mucho tiempo, sabía lo que quería: una tasca. Por suerte, uno de los mejores recuerdos que tuve de mi experiencia en el caribe socialista fue, es y será, precisamente, esa tasca donde entré con Raúl Aníbal. Pero describirla a profundidad sería decir que el agua moja. Una tasca es un lugar pequeño, intimo, y hasta donde se pueda, silencioso, donde se vende alcohol y de vez en cuando algo de comer, todo bien económico. “Quiero esto” decía mi cerebro reptiliano, ese que responde siempre a la búsqueda del placer. Y pasaba lista en mi mente de los lugares de Chihuahua que se podían equiparar con mi experiencia en El Callejón de la puñalada. Nada. No hay. No había.

Todas y todos merecemos un lugar donde se pueda beber tranquilo, donde el volumen de la música no te lleve directo al otorrino, donde la cosa sea económica, pero sobre todo, donde sea un punto de reunión. Y eso me lo dijo una vez uno de los tres Revilla, responsables del Gabba Gabba: “me gusta un chingo que este lugar sea donde la gente se reúne”. Y lo dijo sonriendo, y su comentario, tan honestamente salido de su corazón, hizo sonreír también a los dos señores vascos que llegaron sólo porque sí a la comodísima barra de ese bar, el Gabba Gabba, el que está al ladito del Teatro de la Ciudad.

Tomada de Instagram

De por sí soy una persona que nunca sabe lo que quiere. Al regresar de Caracas ni siquiera sabía quién era yo: todo era náusea, euforia, sobreexcitación y hambre. Si de algo estaba seguro era de una cosa, necesitaba una tasca. Tuvo que pasar un año. El primero de septiembre del 2018, ese bar que la gente me adelantaba mientras yo me retorcía de angustia en Caracas, el Gabba Gabba, abrió.

Y no, no recuerdo la primera vez que estuve ahí. No puedo volver al momento donde hice conversación con uno de los tres Revilla, y es que los tres se parecen tanto en lo que deberían ser distintos, y son tan diferentes en lo que deberían ser iguales. Recuerdo a mis amigos, esos que me recibieron cuando volví, hablando del Gabba Gabba, pero yo los escuchaba como debajo del agua. Tampoco recuerdo cuando por primera vez llegué ahí a trabajar en mis poemas o en mis artículos o en mis copies. Sólo sé que en mayo me enamoré de alguien y pasé hermosos momentos allí; sólo sé que es un bar que defenderé hasta el cansancio. Sólo sé que estoy escribiendo este artículo allí, aquí, en el Gabba Gabba, donde escribo casi todo el resto de cosas que escribo.

Es un bar ubicado en un lugar privilegiadísimo del Centro Histórico de Chihuahua. Un muro está decorado por obra de talento local, otro muro tiene dos mesas altas con dos sillas, y espejos. La barra en herradura y arrinconada es un lugar añorado, por lo menos para mí, que ya la he convertido en una extensión de mi oficina. Un patio al fondo, con una mesa extensa y murales que van cambiado cada tanto, hace de pasillo a la cocina. Todo esto en una construcción típica del Centro Histórico chihuahuense: avasallada por la ambición de sus propietarios, quienes no escatimaron en corromperla a tal punto de desvalijar cada detalle que, de una manera u otra, contaba una historia. De toda esa cursi ancestralidad sólo queda su gente, es decir, sus clientes. Son ellos los que siguen contando la historia de un Chihuahua que no sabe hacia dónde crecer. Un Chihuahua que no sabe cómo crecer.

Tomada de FoodAndTravelMX

¿Y qué se bebe? Cerveza y uno que otro sotol o mezcal. También vino y un ginebra tónico tan normal como delicioso. También coctelitos de moda hace años en Europa que acá la gente no va a pelar desde que la Carta Blanca cuesta veinte hermosos pesos. ¿Y qué se come? Una hamburguesa, unos tacos vegetarianos y, por supuesto, boneless. ¿Y cómo atienden? Atropellado y caótico, pero jamás de manera irresponsable. ¿Y cómo es el trato? Siempre espléndido. Es que esto es una tasca, me digo cuando se les olvida traerme mi cerveza. Y está bien. No es su culpa. En un lugar así nada tiene sentido, pero la geometría sagrada de Yahvé es exacta e inasible, y es quizá eso lo que hace del Gabba Gabba algo bueno.

Ir a un bar sin ir acompañado es como la soltería, la ensaladilla rusa o Belanova. O sea, un gusto adquirido. Ir sin compañía a un bar como el Gabba Gabba es una experiencia que pocos bares pueden ofrecer en Chihuahua. No es que no sobren los contratiempos típicos de un bar que reúne a la realeza hipster de la ciudad. Tú y yo los conocemos: artistas plásticos drogadísimos queriendo ligarse a la esposa de tu amigo; empleados de estudios creativos que en volúmenes muy altos hablan mal sobre sus clientes; gente sosa que escribe en blogs de gastronomía. Pero por alguna razón mágica y mística, que sigue los designios de dios, nada de esto resulta incómodo a tal grado de culpar al bar. La geometría de Dios vuelve a girar frente a nuestros ojos. Y gracias a ello, el Gabba Gabba es un lugar donde si te la pasas mal, tú tienes la culpa.

¿Por qué es bueno el Gabba Gabba? Porque quizá responde a una necesidad de ese sector de la sociedad chihuahuense: esos que tenemos entre 25 y 35 años. Esos que queremos cerveza económica, música nada ruidosa y un entorno lindo donde podamos tomar fotos y presumirlas en Instagram. Necesitábamos un sitio donde el riesgo de encontrarte a tu exalgo sea proporcional a tus ganas de toparte con esa persona que sí quieres ver, que sin estar segurx, sospechas que ahí estará. Necesitábamos esa pizarra que dice “Traigo los chackras (sic) como las balatas” frente a nosotros, mirándonos, mientras escribimos sin ganas un copy para nuestro trabajo de community manager. Necesitamos un bar donde uno de los dueños se pelee vía Facebook con un médico de acupuntura. Yo necesitaba una tasca, y aunque México está lejos de ser esa gran contradicción socialista que es Venezuela, encuentro en el Gabba un destello que me hace sentir, para bien o para mal, como en casa. El Gabba Gabba es casi una tasca. Es un buen bar.

Tomada de Facebook.

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