Betty

Por: Chubeto | @jesuitacarmona

Son las tres de la tarde de un domingo cualquiera. Y cualquier domingo es igual: se engarruña al corazón como un enorme insecto. El sonido de la lavadora del vecino; las risas de las universitarias que viven en el departamento de frente; el sol naranja y despiadado que lo baña todo. Los domingos son el error de Dios.

Dejé de beber de la manera que bebía hace no mucho. La resaca ya dejó de ser divertida y tener un PlayStation 4 me motiva a ahorrar para comprar videojuegos. Y aún así los domingos parecen ser la peor cruda vivida por un marinero irlandés cuya esposa murió de disentería. Los domingos y yo somos claros enemigos, pero respetuosos. Cuando abro los ojos me repito, como un monje budista ya víctima de las disociaciones del ayuno extremo, “que hoy valga la pena, que hoy sobrevivas” y me levanto, me doy una ducha, limpio un poco y luego de repasar de forma neurótica e innecesaria todo lo que me hace sentir miserable, salgo a la calle.

Me gusta la comida china. Me gusta la gente que la prepara y me gusta sentir cómo mis riñones van formando, de a poco, esferitas minerales producto de la insana cantidad de sodio y glutamato monosódico. Me gustan esas dos palabras: glutamato monosódico. Recuerdo la primera vez que las escuché. Un reportaje de la BBC, hinchado de racismo y displicencia, donde denunciaban a este químico, protagónico en gran parte de la cocina china, como un cruel y despiadado asesino. Vamos, que el Glutamato Monosódico es Al-Qaeda.

¿Qué es lo que más de gusta la comida china? La gente que la consume. Yo, por ejemplo, me gusto mucho resucitando en ella. Y es que este mundo se divide en dos, así, claramente: los locales de comida china de supermercado, y las dos o tres opciones a nivel restaurante que están tomando fuerza en la ciudad. ¿Quiénes comen en los primeros? La clase mediabaja, ese cardumen desesperado que piensa en el oxígeno de la superficie quizá con demasiada atención. Los de restaurante, la clase media aspiracional: aquellos que miran por encima del hombro a quienes hacen su compra en Smart, pero se destruyen los riñones con etiqueta roja todos los viernes al salir de la oficina. Y no me mal entiendan: sí, estoy polarizando. La sociedad chihuahuense es tan dispar y esquizofrénica que pudiéramos aparecer sin problema en cualquier novelita francesa del siglo XIX. Miren debajo del puente vehicular que avanza en el cruce de Juan Escutia y Tecnológico.

Miren ahí abajo. Cuando era niño, lo que me parecían miles de automóviles, se postraban en hileras perfectas debajo de ese puente. Ahí mis padres compraron un Chevrolet Citation 88 onapafo; ahí mi hermano chocó alguna vez; ahí vi, una noche, a un hombre hacerle sexo oral a otro hombre. Y justo al lado la plaza comercial La Galatea, que durante toda mi infancia permaneció como el cementerio de elefantes de El rey león, con el paso de los años pasó a ser una plaza comercial tan genérica y aburrida como las decenas, cientas más que ya existen en la ciudad. Pero debajo del puente siguen pasando cosas.

“Estamos llenos de chinos” diría tu tío de Nuevo León que votó a El bronco. Pero también lo dice mi madre, esa dulce mujer de 62 años llena de amor y generosidad.

Mi relación con la comida china empezó en la universidad y se afianzó en Caracas. Dos historias diferentes pero llenas de símiles. En la universidad comía eso tres o cuatro veces a la semana, en los jardines de la facultad o en el comedor pequeñito que aquel chino mantenía amenizado con estaciones de radio de su país. En Caracas, con Betty, la hermosa e inigualable mujer china que nos recibía cada domingo a mí y a mis amigos, lista para darnos ese abrazo que no podíamos encontrar en ningún lado. Y para cambiarnos dólares, por supuesto.

“Estamos llenos de chinos” diría tu tío de Nuevo León que votó a El bronco. Pero también lo dice mi madre, esa dulce mujer de 62 años llena de amor. Y lo dice mi roomie, un tipo inteligente, viajado y, sobra decirlo, inteligente. “No podemos confiar en ellos”, dicen los tres, y dicen muchísimas personas que caminan por la calles de esta ciudad. El racismo chihuahuense es una verruga enorme, velluda y que supura. La pobre educación de convivencia que hemos recibido por nuestra historia nos ha hecho ser unos monumentales pedazos de mierda con los diferentes, pero es que somos tan simplistas como cualquier otro racista promedio: la gente de piel clara nos entusiasma. Seguimos tapándonos la nariz cuando un niño tarahumara se nos acerca a querer conversar; seguimos guardándonos el celular en el bolso cuando un inmigrante centroamericano de piel negra se aproxima a la ventana de nuestro auto a pedir ayuda. Pero también nos brota una ira indescriptible cuando vemos a un chino con la ropa llena de grasa, el cabello despeinado y con las uñas manchadas de nicotina. Sí, estoy generalizando. Porque sí, lo hemos hecho la gran mayoría de nosotros.

Los domingos odio todo y a todos. Excepto a los chinos.

Betty llenaba nuestra mesa con sopa de wonton, costillas de cerdo, fideos de huevo con pollo y calamares rebozados. Preguntaba de vez en vez cuándo nos iríamos de Caracas y una oscuridad invadía sus ojos. Nos quería, mucho. Y fue sencillo, porque en ese país en llamas también mis amigos y yo éramos alienígenas incapaces de reverberar un mínimo de amor hacia otro. Estábamos devastados por la realidad y quizá, sólo quizá, necesitábamos a una mujer china que nos diera comida y cerveza, que nos diera un abrazo, que cambiara nuestros bolívares a dólares.

Se hacía llamar Betty y creo alguna vez dijo su nombre real. Su hijo, Tommy, trabajaba en la cocina junto con su esposo. Todos, los tres, chinos muy chinos. Y con esto me refiero a lo más evidente: Tommy jugó League of Legends conmigo y era buenísimo. Su esposo salteaba verduras y carnes de dudosa procedencia en un wok a 600 grados con un cigarro del tamaño de mi puño sostenido entre sus labios. Todo en ese restaurante, cuyo nombre no recuerdo, era hermoso.

Todas y todos necesitamos una Betty. Y yo la encontré en Chihuahua.

La Galatea ahora se llama Plaza Providencia. Como casi todas las plazas vive un perpetuo estado de descomposición y reconstrucción, estado sólo sostenido en vida por un Little Caesar’s y un enorme restaurante buffet de comida china. Se llama China City y, de hecho, existe desde hace mucho.

Voy cada dos domingos, la mayoría de las veces voy solo. El domingo pasado una enorme fila llegaba hasta el estacionamiento de la plaza. Esperé, porque la paciencia es la armadura de los que buscan a Dios. En un momento la gerente se acerca a mí. Sé que es la gerente porque siempre la veo caminar sin parar, hablando con meseros, revisando los guisos, contando billetes. Sé que es la gerente porque algo en su energía vibra con la misma fuerza de la pólvora, y la pólvora es china. Ella es china. Para mí ella es Betty, pero no sé sus verdaderos nombres.

Como un torpedo llega a mí. Sé que me ha visto antes, sé que sabe mi rutina de platillos en el buffet: siempre empiezo con la sopa de cangrejo y calamar, me paso a una porción imprudente de calamar rebozado y dos brochetas de pollo en salsa de cacahuate, continuo con un plato de camarones con ajo y costillas de cerdo agridulces, y si aún puedo respirar, como pollo general, pollo picante y una enorme pila de brócolis con jengibre. Ella lo sabe. Betty sabe lo que me hace feliz. “Número 61” dice entregándome un pedazo de papel con ese número, “esperar de siete a diez minutos” y yo digo con la cabeza que sí, porque en su voz también hay algo lo suficientemente militar como para mantener trabajando a mil por hora a ocho meseros.

Cangrejo blando.

Esperé media hora y sentí su mano en mi antebrazo. “Ya hay mesa, pero esperar poquito” dijo sonriendo y haciendo el símbolo de poquito con la mano: el dedo pulgar encontrándose con el dedo índice. Yo sonrío y espero quince minutos más. A mi alrededor veo al que me gusta pensar es el Chihuahua más puro: familias donde el 70 % de sus integrantes tienen sobrepeso; entrepreneurs que van con sus socios a picar arroz y lechuga, desperdiciando un lugar valioso y único; recién salidos de anexos, que comen silenciosamente al lado de sus amigos, también silenciosos; equipos enteros de futbol americano, donde sus adolescentes atletas comen todavía con las hombreras puestas. Y recuerdo a la Betty original, en Caracas, dándoles cerveza a los de la Guardia Nacional Bolivariana; regalando porciones de arroz a las madres solteras que llegaban con sus hijos; cambiando bolívares por dólares a mexicanos que estaban ahí sabrá dios por qué.

Vuelvo a sentir una mano en mi antebrazo, “puedes compartir un ratito mesa con familia, ¿no?” y yo digo que no con la cabeza y sonriendo. “Ok perdón, un ratito más y ya” dice apenadísima la Betty chihuahuense y vuelve a desaparecer entre la multitud. El hambre se siente en mi vientre como un choque eléctrico, ese niño está dejando demasiada carne en sus alitas, merece la muerte.

Betty llega y me sienta en una mesa pequeña. “Perdón” dice inclinándose y sonriendo con una voz llena de ternura que, casi inmediatamente, cambia por un trueno de grito al ordenarle a un mesero que tome la orden de mi bebida. Veo que se dirige a la fila de personas a seguir repartiendo números. Saluda a un hombre vestido de vaquero y a su esposa, hay cordialidad y cierta intimidad. Quiero eso. Quiero calamar rebozado y quiero que ella me salude así.

188 pesos a cambio de un mundo de placer que, sorpresivamente, me recordó a Betty, la Betty de Caracas, quien se afanaba en vernos sonreír.

Estoy comiendo como se debe comer en un buffet. Con prudencia y con la lentitud del erotismo. Estoy comiendo como se debe comer en un domingo horrible, con las manos llenas de grasa y la mesa llena de carcasa de cangrejo. ¿En verdad este lugar es tan económico? Por 188 pesos puedo comer cangrejo de caparazón blando, calamar, cerdo cocinado lentamente durante eternidades con mil millones de especias de oriente. Puedo comer todos los camarones del mundo y seguir los fieles pasos de mis padres y su hipertensión. 188 pesos a cambio de un mundo de placer que, sorpresivamente, me recordó a Betty, la Betty de Caracas, quien se afanaba en vernos sonreír. Estoy sonriendo.

Y luego pienso en Paladario. Pongo los pies en la tierra y pienso en esta página de Internet que mantengo con la voluntad que mis eventuales estados de manía me permiten. Me digo “observa todo para que escribas algo de aquí, del China City” pero es que todo lo tengo observado desde hace años: los chinos hacen las cosas bien. En la barra de verduras no hay ni una hoja oxidada, ni un limón seco, ni un tomate que te recuerde a la cara de Maru Campos. El pollo y el pescado están perfectamente bien hechos. Existen técnicas de elaboración que ya quisieran muchos eruditos, siquiera, rozar con la punta de sus asépticos dedos. Aquí la comida tiene un nivel notable. Pero luego llega, como siempre, la sombra de la noche…

“Mi amor, no me gusta como me habló la china de la caja” dice una mujer a su novio, quien lleva con estúpido orgullo una sudadera de los Acereros de Pittsburgh. “¿Por qué comes con los chinos?”, me responde mi madre en un WhatsApp cuando le digo en dónde estoy. “Qué pinche asco”, me dice mi roomie en casa, aún con el aliento lleno de notas de los Montados del Escuadrón. Al final de la historia, son esas personas, soy yo y mis tibiezas, los responsables, también, de que la cocina china en Chihuahua tenga tanta libertad y tantas posibilidades de dar satisfacción. No tenemos la riqueza gastronómica china de Mexicali o Tijuana porque no la necesitamos. Aquí, la Betty del China City, hace un trabajo que ya quisieran muchos restaurantes bien chihuahuenses. Me quedo con ella.

Termino mi rutina dominical del China City: un plato con tomates crudos, brócolis y dos pedazos de calamar. Los triglicéridos están apuñalando las venas de mis globos oculares. El mesero se despide de mí como si fuera un amigo de toda la vida. La gerente del China City sigue dando números. Me acerco a ella, extiendo la mano y en un momento de enorme patetismo le digo “xiexie” y ella ríe, se inclina y agita mi mano. Llega otra familia que la conoce, ella con la mano libre los saluda. Entre el barullo de ruido, cazuelas y dientes masticando comida le pregunto “¿cómo te llamas?”, y ella responde “sí”, y se va a seguir trabajando.

Gracias por ayudarme a sobrevivir el domingo, Betty. Para mí siempre serás Betty.

Betty y su equipo de meseros.

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