Santo Niño y El Primo.

Por: Chubeto | @jesuitacarmona

Cuando estaba en la universidad leí Cuaderno de Chihuahua de Jeanette Clariond (Fondo de Cultura Económica 2013). Lo hice a cuadras de esa colonia que la autora describe, en lo que creo yo, una mezcla de nostalgia y necesidad, que si las sumamos en una ecuación que nos permite el uso del lenguaje, nos da una palabra: añoranza.

La Facultad de Filosofía y Letras para mí fue un vertedero donde coloqué toda mi infancia y adolescencia, lo dejé reposar y luego, con una espátula, arranqué eso que significa ser adulto. Y lo hice mal. Bebía mucho e irresponsablemente; la escuela me importaba poco tirando a nada; me rodeaba de gente que, si bien dejó una marca indeleble en el enorme mural de mi corazón, poco o nada significan ya para el mazacote de contradicciones que soy. Y eso está bien. La Facultad de Filosofía y Letras está, literalmente, a una cuadra de la colonia Santo Niño, una de las más antiguas de Chihuahua, 300 años para ser exactos, según un googleo rápido y –también– irresponsable. Ahí se crió mi padre, ahí vive una exnovia, ahí vivió otra exnovia. Ahí vive la madre de alguien que ya no es mi amigo. Ahí vive mi mejor amigo. Ahí está uno de mis bares favoritos. Santo Niño, en su inmensidad incluso territorial, no puede encajar en lo que Chihuahua se está convirtiendo: otro mazacote de contradicciones.

En ese entonces comía poco y mal. Mi dieta consistía en comida china, cerveza Indio, Reyes con Coca Cola y los guisos ultrasódicos de la cafetería de la escuela, y es que la cafetería de Bellas Artes, facultad vecina, era en ese entonces inviable frente a mi tabulador de prioridades económicas. Era buena, es buena, pero para mí era cara. Y sí, en ese entonces comer bien era algo que poco me importaba: la luminosa comida de mi madre me esperaba cada noche como un refugio, y eso me era suficiente. Así llegara yo tambaleándome, con el vómito en la epíglotis, o con la cara hinchada de llanto porque alguien me dijo que no cuando yo quería un sí. O vice versa.

Releo Cuaderno de Chihuahua de Clariond, y aunque su añoranza nunca será la mía, puedo sentir ya, luego de años, esa fascinación por la colonia Santo Niño que ella retrata mil veces mejor que yo. Y no es que visite cada nunca esa zona de Chihuahua. Como dije, uno de mis bares preferidos está ahí asentado, discreto e imperturbable a las ambiciones del Centro Histórico; indiferente a la patanería de las zonas de alta plusvalía; rejego al exotismo del sur de la ciudad. Cada que cruzo esa colonia confirmo algo que me hace enojar: no puedo describir lo que es Chihuahua con la facilidad que tienen mis amigos de Juárez; mis amigos de Aguascalientes; mi roomie que es duranguense.

Azotada por la guerra de Calderón recién comenzada esta década, la colonia Santo Niño fue, también, un vertedero de cadáveres. Dealers de cristal y heroína se instalaron en los –en ese entonces– económicos departamentos de la colonia y uno a uno, como los muñecos de trapo que decidieron ser, fueron cayendo. La colonia estuvo semidesierta durante una temporada, y en mis años de universidad, andar por esas calles de noche era parte de esa valentía llena de testosterona que los chihuahuenses sacamos al mundo: “no pasa nada, conozco estos rumbos” les decíamos a los otros estudiantes de otras facultades de Filosofía y Letras que llegaban a algún evento a nuestra ciudad. Ellos veían en los titulares sangre, sesos en las paredes de las cantinas, el rojo y el azul eterno de las sirenas recorriendo la ciudad. Nosotros veíamos otra manera de pertenecer a un país que se estaba cayendo a pedazos: apropiarnos del dolor era apropiarnos del miedo. Era gritar que estábamos asustados. Ya no bastaba con presumir como idiotas el clima extremo de Chihuahua, a Pancho Villa o la carne asada. También presumíamos la normalidad de la muerte. Qué bueno que eso ya se acabó. No la muerte, desde luego; más bien se acabó, en mi generación al menos, esa ansia por demostrar que existimos a partir del sabernos miserables.

Y ahora que la guerra de Calderón se ha transformado en una normalidad furtiva. Ahora que la guerra en Chihuahua se ha trasladado a las periferias, donde la gente tiene apenas un puñado de razones e incentivos para estar vivos, y la violencia se ignora como el cirrótico ignora las punzadas en el vientre caminando por el pasillo de licores. Ahora pareciera que la colonia Santo Niño se quedó en un silencio eterno: se respira una paz que contrasta con el resto de la ciudad. Paz rara. Las calles son limpias, anchas, e incluso en algunas partes, verdes. Cuatro o cinco niños andan por ahí en bicicleta. Algunas tiendas de abarrotes han sobrevivido a FEMSA y su ejército de Oxxos. Y la comida, en su expresión más platónica, que es la del puesto callejero, se revitaliza constantemente en una eterna dialéctica de contradicciones. Un lugar marca a la colonia Santo Niño en lo que le incumbe a Paladario: la comida. Siempre nuevo, vibrante y emocionante, y al mismo tiempo longevo y totémico; una especie de catedral mohosa pero no menos impactante. La taquería El Primo.

Con un legado que se respalda en la triste ausencia de tacos verdaderos en Chihuahua, El Primo se alza, real y necesario . Ya Netflix nos azotó en la cara que Sonora, su increíble gastronomía y su riquísima materia prima nos dan un baile en cuanto a tacos se refiere. No voy a quedarme dos horas aquí haciendo una disertación sobre lo que ha aportado Chihuahua a la gastronomía de México, pero es que en tacos somos de poco a nada. Y eso no es malo: no tenemos que ganar todas las batallas. Es más, no tenemos que ganar ninguna. Pero sí merecemos, como cualquier ser humano que pise esta convulsa tierra, un buen taco. Los primos han sido ese palacio de grasas saturadas que ofrecen (desde hace no sé cuántos años) un suadero bueno. Un suadero que es más que decente. La experiencia en las artes del taco de esa familia que regenta una pequeña choricera frente a una casa sobre la calle 25 es, por decir menos, notable. Desde otras tierras trajeron a Chihuahua los ancestrales métodos del confitado, de las medidas justas de grasa y, sobre todo, de las salsas. Cada taco, para los genios que manejan El primo, es una entidad sin alma que sólo alcanza su nivel de existencia hasta que es acompañado de su salsa. Hay una pertenencia mística, indecible y misteriosa que conecta al taco con su salsa, y es trabajo del taquero instruir a nosotros, pobres filisteos, a encontrar esas ocultas conexiones. El resultado es más que funcional. Es, como ya dije antes, místico. Probar un taco de El primo, o mejor dicho, tener la oportunidad de conocer lo que significa El Taco con El primo es una cosa que como chihuahuenses tenemos que agradecer. ¿Lo merecemos? No sé. ¿Debemos disfrutarlo? Sí.

El primo no está solo en la ciudad. No es que hayamos sido lanzados al mundo sin el privilegio de disfrutar un buen taco. Aquí ya hemos hablamos de opciones tan profundas como similares, tan distintas como buenas. Pero es entonces donde vuelvo a esa palabra que me hace sentir Clariond con Cuaderno de Chihuahua: añoranza. Sí, se puede amar lo que no se conoce. Pero vale más el amor que sabemos brutal y sobrecogedor, porque al saberlo, entendemos cómo disfrutarlo. Consumir un buen taco en otros lados de la república es relativamente sencillo, sobre todo porque los índices de calidad se elevan y de pronto existe una enorme y sana competencia. Quien diga que los Cocuyos son mejores que El Borrego Viudo sería un idiota. No haces eso, no te metes en eso. Reitero: no todas las victorias se pueden ganar; no en todo existe un combate. Y entonces la competencia se hace personal: una hoja de excel se abre en el alma de cada metropolitano y un tabulador íntimo de las mejores taquerías va creciendo y modificándose conforme pasa el tiempo.

Yo añoro esa sensación de infinitud, sensación que me regresa al estado de continuo asombro por la vida que me ocurre cuando piso la Ciudad de México. Y veo a mis amigxs que viven en la capital y veo que ese constante maravillarse por su ciudad jamás acaba, al contrario, aprenden a vivir con esos diarios escopetazos de serotonina. Algunos lo asumen bien, otros terminan devastados. Dicen que cuando San Juan tuvo la visión de la Nueva Jerusalen orinó sus ropas, rodeado por los otros cristianos presos en la cárcel de Patmos.

Santo Niño es una burbuja. Dentro de ella no caben clichés como decir “el tiempo no avanza”, o “existe una pureza imperturbable”. Es que esta colonia existe armoniosa consigo misma, desentendida de las convlusiones que vive el resto de la ciudad. Avanza a su ritmo y gestiona sus contradicciones egoista, triunfante y poco predecible. De no ser su historia, su puñado de cantinas y puestos de comida, y la lealtad de sus vecinos, Santo Niño sería un símil de lo que somos muchos chihuahuitas caídos en la desgracia que sólo da el aburrimiento: miserable.

El Primo permanece más o menos lleno, en un horario más bien familiar que castiga a los alcoholizados y bendice a los oficinistas. Cuatro o cinco mesas; la calle 25 que a tu izquierda deja ver el Centro Histórico y a tu derecha, los árboles de la Ciudad Deporitva. Frente a ti, una choricera más bien discreta y humilde. Pero poderosa y, yo espero, eterna.

He visto incluso a los chefs más obstinados caer de rodillas frente al suadero de El Primo. He escuchado el ruido de la miel que escurre de las bocas de los más amargos alabando la constante calidad de su producto, de su servicio y de su atención. Y aún así, El Primo permanece como Santo Niño permanece en una Chihuahua cada vez más rara: es un niño santo que con sólo una choricera y dos pares de mesas puede hacerle frente a todos esos restaurantes que llegan

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