Cómo matar a un animal dos veces

Por: Raúl Aníbal Sánchez | @raulanibals

Soy un escritor condenadamente flojo y veleidoso. Peor aún, mis poderes para escribir son muy limitados. Redactar una cuartilla de cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa, me deja completamente agotado, desmoralizado y con profundas crisis vocacionales. De aquí se colige que he escogido la peor profesión para mi carácter. Cuando trabajaba haciendo propaganda para el abominable partido de ultraderecha local (de algo hay que vivir) quedaba completamente agotado. Si además de eso me da por editorializar en Facebook cosas de las que nadie pidió mi opinión, pues ya se entenderá que paso días sin escribir las cosas que debiera. En una suerte de demoníaca compensación de las musas, bien puedo un día escribir veinte cuartillas sin siquiera darme cuenta, pero esperar a que aparezcan esos extraños brotes de laboriosidad es también una especie de tormento.

Espero que el párrafo anterior explique porque he tardado tanto en escribir este artículo. El momento en que sucedieron los hechos que voy a relatar es importante para su comprensión. El 6 de julio de este año, fecha siempre simbólica en el imaginario mexicano, tuvo lugar en Chihuahua la marcha del orgullo LGBTTT+. Emocionado porque la naturaleza de estas masivas concentraciones es todavía nueva para una ciudad tradicionalmente mocha, me preparé desde temprano para asistir. Una parte importante del ritual, la cual no voy a explicar en su lógica, es comer antes en el lugar más heterosexual que se pueda imaginar. La Cabaña Smokehouse, una incipiente franquicia especializada en costillas ahumadas y con temática Deep South parecía el lugar correcto. La promesa de la carne de cerdo cocinada durante interminables horas a una temperatura bajísima siempre resulta emocionante. Y en verdad, cuando por fin llegaron a la mesa las costillas y el chamorro prometido, las fibras de la carne se deshacían con la mirada, suave y aparentemente jugosa, me di cuenta de inmediato que los hornos ahumadores de la cabaña funcionaban con la precisión de un reloj atómico.

Y sin embargo fue una experiencia terrible.

¿Si un restaurante de comida estadounidense no puede ofrecer unas papas fritas decentes, qué tanto se puede esperar?

El servicio es malo a secas: tardaron más de media hora en entregarnos nuestros platillos. Por lo general soy una persona paciente con las cocinas: soy de los que cree que la calidad en el alimento bien vale un poco de sufrimiento y de autofagitación de nuestros estómagos. Pero aquí no encontré ninguna razón para la tolerancia. El lugar se encontraba a medio llenar y es evidente que, como se infiere de su menú, las carnes fueron elaboradas desde la noche anterior. Como sea, este no fue el principal problema de la tarde. Hubo un par imperdonables y otro que llamaremos “cultura” y por eso tal vez sea más grave. 

La atención que el Smokehouse pone sobre sus carnes es notoria, tal vez por eso al resto de platillos siempre parece que le falta algo esencia. Las dos veces que he comido sus papas fritas las he encontrado desabridas, y en algunos casos hasta crudas. Una pequeña búsqueda en Internet en sitios de opinión me hace darme cuenta que no soy la primera persona en notarlo. Primer error. ¿Si un restaurante de comida estadounidense no puede ofrecer unas papas fritas decentes, qué tanto se puede esperar? Las tiras de pollo que acompañaron tampoco estaban mejor. En ese sentido sí parecían muy americanas, sabían a que habían estado en un congelador desde la guerra del Golfo Pérsico. Segundo error: duras, desabridas, acartonadas, grasosas y sobrenaturalmente doradas, un puñado ellas podría servir de peluquín a Donald Trump.

La gente en verdad disfrutaba consumir mares de salsas agridulces y vinagrosas, toneladas de azúcar y humo líquido por litros.

¿Pero qué importaban estas nimiedades frente a la visión de la carne perfectamente ahumada que se extendía frente a mí, como una cornucopia? Lo sucedido a continuación, quizá, no es culpa del Smokehouse, sino de la humanidad, de esa manera enferma que tenemos de ver la comida como un simple estimulador de papilas gustativas largamente atrofiadas por la autoindulgencia y la comida procesada. El chamorro frente a mí nadaba en salsa BBQ. Las costillas nadaban en salsa BBQ. Y sobre la mesa, botes gigantes de salsa BBQ parecían invitar, en una macabra danza, a seguir empalagando el hocico con esa sensación. ¿De qué servían las seleccionadas carnes, ahumadas con las maderas más finas del oriente y occidente si todo, absolutamente todo, sabía a BBQ? Hablo de una cruel combinación entre sabores y cantidades que, cuando vi a mi alrededor, no parecía inmutar a nadie. Por el contrario, el resto de comensales parecía vaciar las salseras con ahínco. La gente en verdad disfrutaba consumir mares de salsas agridulces y vinagrosas, toneladas de azúcar y humo líquido por litros.

Tuve una idea. Una idea que me aterró… ¿y si acaso? ¡Sería imposible! No lo dudé y lo hice, el mundo es de los valientes y el horror de los abismos nunca prevalecerá sobre la necesidad de conocimiento humana. Tomé una tira de pollo, una tira de cartón, y la sumergí en ese líquido espeso y rojizo en cantidad suficiente como para competir con la carne. La llevé a mi boca y entonces lo supe: sabía exactamente igual que todo lo demás. No había ninguna diferencia entre ese pollo congelado y reducido a la nada y esa extremidad inferior de un cerdo que había sido cuidadosamente cocinada durante 20 horas. Una especie de desaliento y tristeza me invadió. Sentí vergüenza de mí y de mis congéneres chihuahuitas que me acompañaban en la hecatombe. Comer carne en exceso siempre me ha causado cierta culpa (con el planeta, o Buda, o qué se yo) y frente a mí solo encontraba el desperdicio. Solo encontraba la falta de respeto que le debíamos al cerdo (y al pollo) que había muerto para alimentarnos esa tarde. ¿Qué clase de crueldad es la que lleva a una persona a matar un animal dos veces?



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