Punta Rochi, Miguel Bosé y las contradicciones

Por: Chubeto | @jesuitacarmona

Voy a contarles la historia de cómo el mundo, con sus infinitas variables y sus incontables aristas, se manifestó frente a mí en un restaurante de mariscos llamado Punta Rochi.

La noche anterior me porté mal. Mi amiga sacó una botella de plástico con piña colada procesada y la bebimos con ese limpiador de caño que se hace pasar por vodka llamado Karat. Cantamos, si mal no recuerdo, a Miguel Bosé. Estuve a punto de tatuarme una frase de Lacrimosa y de no ser porque mi teléfono se quedó sin batería hubiera hecho llamadas muy imbéciles. Fue genial. Desperté, por supuesto, con cada órgano de mi cuerpo castigándome con desdén y rencor: la mezcla de azúcar hiperprocesada y vodka barato sólo me hacían desear dos cosas: irme a un convento franciscano, y comer mariscos. Fue así que llegué a Punta Rochi, que de convento tiene poco y de mariscos tiene algo.

Y es que el mundo, en su pantocrática inmensidad, no escatima en azotarnos en la cara lo mentirosos, cínicos y contradictorios que podemos llegar a ser como los simios desarrollados que, al fin de cuentas, somos. Punta Rochi tiene un menú especial (que se diferencia del “menú premium”) que emula el sistema que ya aquí en Paladario hicimos trizas con todo el poder de nuestro inobjetable conocimiento: todo a un mismo precio. ¿La diferencia? Que cuesta un peso menos: todo a dieciocho nuevos pesos mexicanos. ¿Por qué fui? Porque como cantaba Miguel Bosé una noche antes: “En este mundo que va a la velocidad del pensamiento, el mérito está en no quedarse en el intento, y aunque no lo quiera ¿qué duda cabe ya?”.

¡Ah! ¡Yo vine a este lugar antes! Cuando en lugar de ser una construcción de bloques de concreto sin enjarrar era un estacionamiento aún más lacónico. Un food truck park de esos que salieron por montones y se derrumbaron casi al mismo tiempo cuando la gente se enteró que la verdad no eran para tanto. Un castillo inflable zumbaba en la puerta del restaurante y tres niñas brincaban como poseídas. A pesar de la ducha me sentía putrefacto e indeseable, quise que esas niñas desaparecieran, que no vieran en mí, desde su sabia ingenuidad, todo lo que el mundo les depara. Al entrar me sentí aún más miserable. Era el único comensal que llegaba en solitario, y aunque hace años quebré el estigma de pensar que comer solo me hace un perdedor, aquella tarde fue imposible no querer derrumbarme. El restaurante estaba lleno a un 80 % por una mesa larga, de catorce comensales, quizá una familia que celebraba algo que valía la pena celebrar. Al otro extremo, una familia más reducida, timoneada por un hombre pálido, de semblante siniestro, que no comió otra cosa más que ostiones. Atrás de mí, una pareja joven con una bebé que apenas gateaba. La vida, en sus múltiples densidades, volvía a resplandecer tanto frente a mí, y mis sienes lo único que añoraban era sosiego. ¿Lo tuve? Lo tuve, pero con sus matices.

No, no es el loft de tu primo de Monterrey, es el comedor de Punta Rochi.
Foto tomada de Facebook.

Gerardo, el mesero que me atendió, llegó con un rostro que ubico a kilómetros de distancia: el rostro de alguien que no tiene ni puta idea de qué hacer. La mesa de catorce comensales, al parecer, era algo demasiado fuerte para él, y como todo ser humano prudente, se limitó a mirar las cosas como atravesándolas, evadiendo cualquier estímulo que lo trajera al aquí y ahora. Todo un franciscano. El hombre ni se inmutó cuando amenace con mi voz quebrada y temblorosa que pediría todo el menú de un sólo precio. Dijo algo así como “ok”, o “ah” y quince minutos después trajo a mi mesa los cuatro tacos de dieciocho pesos cada uno.

Pequeños, bien gordos y con una sospechosa montañita de germinado de alfalfa por encima. Tiene sentido. La ilusión del volumen es vital para este tipo de menús. Un taco gobernador; un taco de marlin, un taco de camarón capeado y un ídem de pescado. Ataqué el que más me entusiasmaba: el gobernador. Este taco, recién nacido en la efervescente y vital comida sinaloense, tomó su nombre luego de que el excandidato a la presidencia, Francisco Labastida, era gobernador de Sinaloa. Llegó a un restaurante y pidió un taco de camarón con una costra de queso. Si el PRI ha dejado un legado a la cultura mexicana, fue gracias a este hombre. El taco gobernador de Punta Rochi es preciso y bien ejecutado: la cocina a la vista del cliente me permitió ver a un equipo de cuatro cocineros bien concentrados, bien aceitados y bien capacitados. El camarón no estaba sobrecocido (de haberlo estado probablemente hubiera ido a llorar al castillo inflable) y la costra de queso era de un queso menonita de primer nivel. La tortilla, decente. El germinado de alfalfa, innecesario pero interesante. Un taco triunfal. Una experiencia de tres bocados que bajé con una cerveza Pacífico a la cual le guardo un cariño particular.

Los otros tres tacos, buenos. El marlín no tiene falla, su textura y sabor es apta para todo paladar por su curioso parecido al tocino y a la carne de res magra. Los capeados de pescado y camarón, aburridos como siempre, pero esa es una cosa mía. Algún día probaré un taco capeado cuya proteína sea más sabrosa que el grasoso y duro recubrimiento. No me quejé, no tenía por qué hacerlo: así como yo, quien diseñó este menú se enfrentaba a cientos, miles de contradicciones que tenía, tiene y tendrá que cabalgar. Pedí otra cerveza, el rictus de Gerardo me preocupaba. Colombia le metió gol a Argentina. Quizá la vida no sea tan horrible.

Pido la tostada de camarón y un caldo de pescado. Llega una pareja de muchachas en ropa de gimnasio. La mesa de catorce personas no para de ordenar limonadas minerales. Yo pienso en Miguel Bosé y en comprar un teléfono nuevo, uno que le dure más la batería. Pasan los minutos y la segunda cerveza se me va como se va la vida con la piña colada embotellada. Veinte minutos después Gerardo me dice que mi comida viene en camino. Quiero abrazarlo, quiero decirle mirándolo a los ojos que todo estará bien. No lo hago porque quizá yo también necesito eso. Las muchachas en ropa de gimnasio ordenan del “menú premium”, un ceviche y un molcajete. El jefe de meseros (o quien por lo menos vi yo con más capitanía y movimiento) las atiende reducido a un niño de catorce años que tiembla ante la posibilidad de un regaño. Ellas le hablan con displicencia y soberbia. Pobre muchacho, pienso cuando Colombia le mete el segundo gol a Argentina. Media hora después llega solamente mi tostada de camarón. Una diminuta tortilla bien frita y crujiente, con una capa de cinco o seis camarones gordos y bien cocinados, encima, toneladas de tomate en cubos y, encima, otras dos toneladas de germinado de alfalfa. Retiré los gajos rojos de ese fruto que los españoles temían por ser ácido y amargo, “la fruta del diablo” le decían, antes de apropiárselo tan espléndidamente. Sin los toppings de cocinero inseguro, la tostada estaba perfectamente bien. Una tostada de dieciocho pesos que devoras en dos mordidas.

La mesa de catorce personas es un campo de batalla. El mesero que la regenta lo hace con maestría: sonríe, da recomendaciones, bromea con amabilidad, no es invasivo pero tampoco indiferente. El padre de familia de la otra mesa sigue devorando ostiones. El padre joven ayuda a su hija a caminar agarrándola de las manitas mientras su madre chupa las espinas de un pescado frito. Las muchachas en ropa de gimnasio salen a fumar. Ni señal de mi maldito caldo de pescado, ni señal de Dios. Gerardo vuelve y casi de rodillas me dice “tu caldo de pescado va a tardar…” me evita la mirada, se rasca el cuello, los niños de la mesa de catorce personas piden a gritos helado con galleta, “va a tardar bastante… no sé si quieras…”. Y yo pienso: “¿Qué, Gerardo? ¿Irme? ¿Correr a la licorería más cercana y comprarme un Karat y una piña colada? ¿Hacer esa llamada que no hice anoche? No, Gerardo. Quiero ese pinche caldo de pescado de dieciocho pesos, y no hay pretexto, no hay por qué tardar tanto. En el más obvio de los casos, hay una cazuela enorme en esa cocina, Gerardo, en donde hay litros y litros de caldo de pescado listos para servirse. Yo lo sé, Gerardo. He trabajado en cocinas, mi hermano trabajó en cocinas, uno de mis mejores amigos trabajó en cocinas. He pasado más tiempo en cocinas que en el comedor de restaurantes como este ¿O qué es esto? ¿El Hojaldre? ¿El Ruiz-Señor? ¿Tan importante soy para ustedes que cocinarán desde cero los 150 mililitros de caldo de pescado que te pedí hace casi cuarenta y cinco minutos? Gerardo, estoy enojándome, y te entiendo. Sé, huelo y hasta puedo saborear tu pánico. Por favor, por favor Gerardo, sólo te pido un caldo de pescado”. El silencio entre Gerardo y yo sólo se atropella por los gritos de los niños, los gritos maleducados de las muchachas en ropa de gimnasio llamando al otro pobre mesero. El de las cazuelas y las risas de los cocineros. “Va a tardar como veinte minutos más…” dice al fin mi amigo Gerardo. Yo sonrío y digo que sí con la cabeza, pido la cuarta o quinta cerveza que me la trae corriendo. Esto es cabalgar las contradicciones. Esto es trabajar en un restaurante.

Luego llegó el caos. De la boca de las muchachas en ropa de gimnasio salía el dragón de siete cabezas, en su lomo, la gran ramera de Babilonia buscaba a los 144,000 sellados entre llamaradas de fuego y plagas. El jefe de meseros juntaba las palmas de las manos y se inclinaba como un aprendiz shaolin que limpió mal las duelas de la sala de oración. Las muchachas en ropa de gimnasio decían palabras como “imprudente”, “imposible”, “incomodas”, “incuestionable” y creo que dijeron “ratoncito”, aunque quizá dijeron “necesito”. No lo sé. El jefe de meseros salió disparado a la puerta del restaurante, Gerardo sudaba, los cocineros reían en su propio mundo, en ese universo de acero inoxidable y aceite vegetal, sin saber nada, sin querer saber nada. Casi una hora esperando un caldo de pescado que al fin llega como no podía ser de otra manera: con la forma de la cara de Dios riéndose a carcajadas frente a su computadora, donde juega a los Sims con nosotros, y nos hace cantar a Miguel Bosé.

Cinco camarones, un caldo denso, espeso, contundente, y una decena de cubitos de zanahoria. Era eso, por eso esperé cincuenta minutos, y mirando al cielo agradecí y lo tomé todo en tres sorbos. Las muchachas siguen tratando como un idiota al jefe de meseros. Quiero irme, quiero regresar a mi casa, abrazar a mi roomie, jugar una partida de League of Legends. Quiero que todo sea normal. Las muchachas en ropa de gimnasio se van, luego de amenazar y ser el claro ejemplo de por qué en Chihuahua hemos tardado tanto en tener un servicio de restaurante más o menos digno: no sólo basta con capacitar bien a un personal, es necesario también no ser una basura de persona con la gente que te atiende por un salario de mierda.

Gerardo se disculpa conmigo y continúo devorando el menú. La quesadilla de camarón y pescado, muy grasosa y poco apetecible. La almeja chocolata, una delicia en sabor y presentación. El ostión en su concha, aún con cristales de hielo, pero mejor en sabor que la de muchas otras marisquerías. El aguachile, para reírse: cinco pedazos de camarón en muchísimo caldo: rojo y frío, como debe de ser, pero que sabía a puro limón, como ojalá nunca fuera.

No quise probar las empanadas porque ya demasiado daño le había hecho a mi cuerpo. ¿Coctel de camarón? No gracias, no estudié ingeniería civil y no tomo Tecate Light. Pido otros dos tacos gobernador y un caballito de tequila Tradicional, porque estudié letras y así de idiotas son mis contradicciones. Gerardo se sienta conmigo y lo veo más tranquilo, incluso feliz. Me dice que el restaurante está muy orgulloso de sus cocineros, que son organizados y eficientes. Que abogan por tener el producto de mejor calidad. Y yo le creo, te creo, Gerardo. Y creo también que tanto empleados, como dueños y clientes de restaurantes deben saber cabalgar las contradicciones. Ustedes, Punta Rochi, no son como la Cervecería 19. Gracias a Dios. Porque en sus procesos (y a pesar del caos que traen algunas muchachas en ropa de gimnasio) hay interés en satisfacer al cliente.

Ostiones en su concha, estos sin cristales de hielo.
Foto tomada de Facebook.

Salí, otra vez, borracho. Esperando mi Uber vi cómo el mesero espléndido que atendió solito a la mesa de catorce personas gritoneaba por teléfono mientras fumaba un cigarro: “es que están cabrones, no pueden atender ni una pinche mesa grande sin cagarla”. Yo, pensando en esos deliciosos tacos gobernador, miraba mi teléfono queriendo estar un poco más borracho, quizá para hacer una llamada, pero no lo hice. Aprender a cabalgar las contradicciones es una tarea difícil, pero un buen taco gobernador da el sosiego necesario para no hacer tonterías. Camino a casa le pedí al conductor de Uber si podía conectar mi celular para escuchar a Miguel Bosé. “Híjole, mi amigo… sabe que no tengo cable auxiliar”. No importa. En verdad no importa. Da igual. No tiene caso. Gracias por llevarme a mi casa.

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