Se llama la Taberna del rey, pero todos la conocen como el bar de Charly

Por: Raúl Aníbal Sánchez


Recuerdo vagamente cómo llegué allí, y en el recuento de los daños comprendo que más que descubrir la Taberna del rey, la Taberna me encontró. Tenía yo veinte pocos años y por aquel entonces Chihuahua nos arrojaba a los jóvenes hacia sus márgenes o nos escondía en sus centros. El apogeo del narcomenudeo, el evidente secuestro de los “antros” y una suerte de desesperada identidad había transformado las tradicionales cantinas de Chihuahua, habitadas por ancianos oscuros y melancólicos, en verdaderos centros de reunión y extensiones de su antigua vida nocturna. Muchos experimentados asiduos de baresuchos de moteles fuimos lentamente exiliados a cantinas aún más oscuras, en una suerte de invasión que provenía desde las clases altas hacia las bajas. Los muchachos no teníamos donde beber, a menos que estuvieras dispuesto a hacer fila durante media hora frente a una cadena, en lo que seguía siendo un asqueroso bar de mala muerte (como el San Juan o el Reforma), tomado por sorpresa por la muchedumbre entusiasta, acrítica y babeante (o bueno, así me lo parecía entonces).

Aquí aparece en escena El Profe. El Profe es uno de esos personajes que Chihuahua daba a luz cada tanto, una ciudad que aunque presume de homogénea y mocha está casi siempre henchida de peculiaridades. Mi amigo y personaje terminó muy joven la carrera de Trabajo Social así que a los veintiquihúbole él ya tenía un empleo fijo con horarios definidos y prestaciones legales: era maestro de humanidades en un CETIS ubicado al otro lado de la Vía Láctea. Sin embargo El Profe era joven y tenía barrio. Prestaba dinero y conocía todos los bares de Chihuahua al dedillo. Creo haberlo conocido en el ensayo de una banda de ska punk; ritmo sincopado que en aquellos turbulentos dosmiles inundaba las radios y las mentes de los jovencitos. Pronto nos hicimos amigos. Debo aclarar que además yo era pobre y él tenía salario y era generoso al invitar a sus amigos, una atención que he agradecido durante muchos años. El tiempo ha pasado y pienso que me gustaría encontrarlo una vez más y pagarle alguna de esas cuentas estratosféricas que solía echarse encima con aplomo.

Fue el Profe quien me llevó a la Taberna del Rey, y hoy en día el lugar sigue prácticamente igual a como lo conocí hace quince años. Nuestro local es una pequeña cantina ubicada en la céntrica calle de Niños Héroes, más o menos a la altura de la plaza central y en contraesquina de ese monumento al mal gusto que llamamos Cervecería 19. Encerrada entre una vieja tienda de artículos deportivos y otra de artesanías indígenas, es apenas un portón que se divisa al pasar por la avenida. Nadie sospecha que detrás de esa puerta negra se esconde un pasillo largo con su barra, mesas, televisión satelital y borrachos de turno incluidos. La Taberna del rey es sólo un nombre legal, el que figura en todos los permisos y en un minúsculo letrero en la calle, casi invisible, porque como auguro en el inicio de este artículo se le conoce de mejor manera como el bar de Charly.

Charly, el dueño del local, es un viejo chaparro de metro sesenta, eso sí, muy cabrón. Tiene un aire vago de policía judicial en película de Mario Almada. Desplegadas por las paredes del local solía haber numerosas fotografías de los éxitos de automovilismo amateur de Charly, aunque con la remodelación de los locales del centro promovida por Duarte estas han desaparecido (la remodelación de la Taberna fue más bien nominal y se redujo a un par de repisas minimalistas color caoba que ya deslucen totalmente). Sin embargo, con un poco de confianza, puedes pedir a Charly que te muestre su álbum de recuerdos, siempre guardado debajo de la barra. La imagen que se repite, con diferentes escenarios y actrices, es la de Charly vestido con un mono blanco de extravagante y picudo cuello, que parece robado de la caricatura setentera Speed Racer, con una bella edecán en cada mano, veinte centímetros más altas que él. Sonríe en todas sus fotografías y aunque no podemos ver sus ojos, tapados con unos lentes oscuros que le cubren casi medio rostro, sabemos que está pensando en algo sucio y que su mirada se desvió, en aquel momento del flash, hacia el trasero o los turgentes pechos de las acompañantes.

La Taberna no es precisamente un lugar para promover un taller sobre masculinidades tóxicas. Los parroquianos son inamovibles y acaso lo más granado de nuestros borrachos locales. A pesar del constante devaneo homoerótico (Charly muestra fotografías con Patricio Martínez, César Duarte, Javier Corral y exclama al final de la exhibición: “a los tres me los cogí”), son siempre respetuosos con la nueva clientela, incluso obsequiosos me atrevería a decir. La confianza es lo primero que deposita uno al entrar en la Taberna, un lugar donde la cerveza cuesta 20 pesos y el tequila más caro (buen tequila, quizá) no llega a los 25. Dejarse conducir por los años y una suerte de inercia atemporal es lo más conveniente. Los asiduos al lugar permanecen y no parece que ninguna muchedumbre hipster, ávida de nuevas sensaciones, sea capaz de desplazarla hacia ignotas periferias.

¿Comida? Imposible. Ni siquiera las usuales frituras. Charly se ha vuelto demasiado avaro y se niega a mantener un inventario de lo que sea. Sin embargo “la terraza” (en realidad una suerte de patio de servicio) está disponible para quien guste. Un asador grasiento y cuatro mesas de plástico coronan esta área de fumar y es casi un asunto religioso que cada sábado se incendie ahí un carbón con pingües carnes para agradar a los dioses de nuestra ciudad.

Mientras termino este articulo pienso en lo mucho que me he quedado corto. Es al bar de Charly a quien le debo mi primer cuento, escrito hace ya 15 años tras escuchar las lúgubres confesiones de Carlos, “El Vaquero” Vázquez. Le debo innumerables borracheras, francachelas, canciones, desencuentros y encuentros amorosos. Y sobre todo le debo una buena parte de la sensación de haber por fin regresado a casa.  

La Taberna no tiene cien años de tradición, ni es un kindergarden para ricachones rancheros y turistas como la Antigua Paz. La Taberna no es un lugar peligroso para hacer turismo de clase y saborear el Chihuahua profundo. No esperes peleas étnicas ni chutameros empoderados de la rocola para saciar tus ansias de morbo. Quintaesencia de lo que debiera ser una cantina, el mejor consejo es dejarse arropar por su calma provinciana y su eterna honestidad en el servicio y frescura en el trato: la Taberna nunca estará de moda y nunca pasará de moda.

Si al pasar por la avenida Niños Héroes un viernes por la noche escuchas tras de un portón negro cuatro o cinco voces que al mismo tiempo corean: “¡Los putos, los putos, ra,ra,raaaaa!”, ten por seguro que llegaste al lugar indicado.

4 comentarios sobre “Se llama la Taberna del rey, pero todos la conocen como el bar de Charly

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  1. después de 25 años, sigue siendo divertido, noches amenas con platicas en las cuales se resuelve el mundo, dejavu con los chistes malos del Charly, bohemias de antaño que se disfruta recordar, compañeros de borrachera que están en otro plano astral pero que seguimos recordando y brindando, frases que pasaran a la historia, ” aquí no somos jotos somos putos “… un parecito y nos vamos.” ” … somos hombres o payasos.” y muchas mas, cuentas incobrables en tanta firma que se quedo pendiente, muchas anécdotas….saludos cordiales

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