Vinyard. El bar que merecemos

Por Paladario | @elpaladario

Un bar es una extensión de nuestra familia, nuestros amigos de la preparatoria (para quienes empezaron a beber con la precocidad del mexicano promedio) y nosotros mismos. Con “nosotros mismos” me refiero a todo el arsenal de ideas, prejuicios y oscuridades. Jamás me imagino Aa mí mismo disfrutando de un bar cuyo dueño insulta abiertamente, y como exhibiéndose, a un cliente amigo. Jamás me imagino disfrutando de un bar cuyos barmans lleven el rostro de estar, constantemente, mirando el abismo que divide la vida y la muerte. En ningún momento me he visualizado en un bar lleno de ancianos ebrios que insisten en contarte cómo conocieron al Chapo Guzmán. Y sin embargo, sigo frecuentando esos lugares, y como en una relación que ya no funciona por la inmadurez de una de sus partes, me esfuerzo, muchísimo, por encontrarle algo que ame, algo que admire, algo que sea un ejemplo para mí. Lo busco con todo el poder de mi corazón.

No se puede amar a un bar totalmente, o por lo menos eso me digo a mí mismo, seguido, para salvaguardar cierta salud mental. Además, amar un bar es una frase hecha que delata mucho de quien la dice, y siempre he buscado también salvaguardar ese pequeño museo de secretos que todos llevamos dentro. He estado en bares, muchos. Y en el noventa y nueve por ciento de todos ellos he ido más de una vez. Siempre calibro la calidad de mi visita en dos momentos: cuando salgo ciego de ebrio y a la mañana siguiente, cuando también calibro la calidad de la vida que estoy llevando. Si en esas dos ocasiones pasa por mi mente la frase “estuvo bien” entonces ese bar entrará a mi íntimo y no tan pequeño salón de la fama.

Quizá un bar perfecto es aquel que, como el jesuita, el monje budista o el alcohólico funcional, aceptan y abrazan sus imperfecciones. Triste he estado cuando, sin esforzarme mucho y sin ser un catador profesional, descubro que rellenan botellas de sotol de etiqueta decente con un licor que podría ser, perfectamente, un destapador de caños. Triste me he sentido cuando la opción de comida se limita a esa epidemia llamada “boneless de pollo”. Miserable me he visto al espejo del baño de un bar cuando, odiándome, orino al lado de un tipo que se está metiendo cocaína. Para mi sorpresa, esos bares (o su dueño, el tótem abstracto que dirige sus operaciones a veces siendo un poco más protagonista de lo que se gustaría) aceptan y conviven con todo ello, porque al fin de cuentas, es fácil que la gente vuelva cuando la pones borracha y las alimentas con pollo congelado.

En verdad es fácil. Por eso tener un bar cuya estandarización de calidad esté siempre puntual y afinada es algo que debe costar una fortuna en terapia y medicamentos. Lo peor del caso es que el cliente, por mucha autoestima que tenga, pocas veces podrá verlo o apreciarlo. Para gracia de Dios hay gente que sabe valorar cosas tan simples como decir “no hay espacio, pero en un momento te acomodo”. Gracias a Buda hay gente que sabe decir “no tengo ginebra para tu tónic, pero te puedo preparar un ruso negro que te cagas de lo bueno que está”. Gracias a la vida, que nos ha dado tanto, tenemos gente capaz de contratar meseros que no llegan contigo a hablarte de su vida y a tutearte como si hubieran compartido contigo la cena de Navidad pasada. Hay mucha gente así, bastante, pero hoy en específico pienso en Carlos, ese tótem abstracto que timonea el bar Vinyard.

Asentado en lo que antiguamente fue una cantina de barrio famosa entre los más sabios de la colonia Santo Niño, Carlos instaló el Vinyard en el antiguo Tívoli. Todo es simple, todo es fácil, todo es honesto: una barra larga, una decena de mesas y un espacio para fumar. Carlos ha pasado gran parte de su vida en la vida nocturna, entonces, él entiende bien ese concepto raro que balbuceamos los que nos queremos hacer los vividos: “vida nocturna”. Desde cadenero hasta mesero, desde barman hasta gerente: él ha pasado por todo y quizá entendió algo que pocos cadeneros, meseros, barmans y gerentes entienden: la gente merece un buen lugar donde beber, comer y pasar la noche. Amigo, podrás haber visitado todos los bares de la Condesa, podrás ser amigo del mixólogo estrella de Avenida Chapultepec, podrás haber vomitado en la cantina más honesta y lastimera de Ciudad Juárez, pero eso no te da el conocimiento para idear un bar que, como el Vinyard, funcione como una maquinita bien aceitada y afinada.


No vale comparar al Vinyard con otros bares; eso sería inexacto e injusto, porque el Vinyard ganaría por mucho y, como todos los que escribimos aquí, dar de comer y beber jamás debe ser una competencia. Lo que sí vale es explicar cómo y por qué Carlos ha conseguido que una propuesta tan sencilla como una barra, una decena de mesas y un zona para fumar haya funcionado a un nivel así de equilibrado. Carlos y su equipo de trabajo no están ahí para usar el Vinyard como accesorio para su vida social; no están ahí para hacer un lavadero de chismes en donde el dueño es el moderador; no están ahí para tener la esperanza de decir, en un futuro “ah… sí, recuerdo. Tuve un bar”. Carlos y su increíblemente estable equipo de trabajo quieren dar un lugar en donde la gente esté cómoda, y a las pruebas me remito: si esta fuera una constante en los bares de esta ciudad, no estaría escribiendo esto que estás leyendo.

Sí, el Vinyard es una particularidad, porque no pretenden; no andan por ahí con un insalubre complejo de abandono que los obliga a pertenecer a la “vida nocturna”; no sueñan con estar en un artículo de Vice, ni del Heraldo, ni de Paladario. El Vinyard funciona porque Carlos y su equipo trabajan como debe ser: limpio, exacto, sin ponerse a ellos por encima de su servicio, sin vender humo. ¿Qué hemos hecho para no merecernos más bares como este? Si es que es sencillo, es desconcertantemente sencillo.

Reitiero: no se puede amar a un bar totalmente. Lo que sí puede hacerse es admirar, admirar totalmente. Y perdónenme, bares de Chihuahua, pero una cantina de barrio remodelada, sin menú, que sólo vende hot dogs, cervezas y tragos preparados sin perder ni un gramo de calidad, tiene y tendrá, hasta que me den lo contrario, toda mi admiración.

Vinyard Escudero #2903. Colonia Santo Niño. Lunes a domingo 16:00 – 23:45

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