Los narcotraficantes son todos imbéciles y feos, pero los sicarios lo son más

Por: Raúl Aníbal Sánchez | @RalAnibal

Quienquiera que viva en Chihuahua comprenderá que es complicado comer mariscos un domingo por la mañana. Nuestra distante locación en medio de la nada y muy lejos de las cosas (entiéndase mi oración como hiperbólica), no es mejor que Alemania después del tratado de Versalles. Sin costas, encerrados entre el desierto y el bosque, los negocios de mariscos han quedado desde tiempos inmemoriales en manos de compatriotas sinaloenses, siempre cercanos a nuestro estado por vía del tren Chihuahua-Pacífico, y en tiempos más recientes, por el interés que suscita la frontera de Ciudad Juárez como idónea para el trasiego de droga desde la Sierra Madre Occidental. Esto debe entenderse de cualquier forma como algo gustoso: la manera del sinaloense de tratar a los frutos del mar es muy superior a la de, no sé, los veracruzanos, expertos en volver soso todo lo que tocan, desde el café hasta el son cubano (el autor de este artículo tiene muchos prejuicios, eso ya está claro). Sin embargo esto ha generado una suerte de subcultura alrededor del marisco que a veces, sobre todo con resaca, es difícil de digerir. El sinaloense no solo ha avanzado sobre Chihuahua con sicarios y mariscos, también ha propuesto una suerte de invasión cultural y un estilo de vida que los Chihuahuenses (inclusos sus enemigos en términos de mafia), han adoptado alegremente en esa ansia desesperada de identidad que nos caracteriza.

¿Abominación? Quizá. Pero es hermosa.

La verdad es que tengo catorce años viviendo fuera de Chihuahua y, aunque regresaba con regularidad, las ocasionales visitas de una semana, generalmente cooptadas por la familia, me impedían el conocimiento verdadero de la situación local en materia gastronómica. Apenas llegando en marzo del año pasado, con vistas a quedarme a vivir de nuevo aquí, fui llevado a un restaurante de mariscos: “Los plebes”, en la esquina de República de Bolivia y avenida la Cantera. Yo no cabía en mí de alegría, tras años de comer en restaurantes chilangos en donde el producto más fresco tiene ya una semana en el congelador, tenía en ese momento la certeza que lo que fuese a devorar no podría tener más de un día de viaje, traído desde Mazatlán o Topolobampo, en algunos casos aún vivo.

Un narco, más o menos conocido, comiendo.

Ahora, creer que comer es una experiencia que corresponde sólo al sentido del gusto es algo muy ingenuo. Es una estupidez ideológica, similar a la de que el arte o la literatura pueden entenderse fuera de su contexto debido a una suerte de aura en ellos. No amigos, las mejores comidas siempre serán en momentos especiales, tras atravesar la enfermedad o la indigencia, en las postrimerías del fracaso o la victoria, cuando te han roto el corazón o se ha reconstruido.

Por otro lado los mariscos tienen una nobleza intrínseca, lo que llamaríamos el corazón de lo gourmet. Mientras cuides su frescura y mantengas lo más intactas posibles sus propiedades organolépticas, prácticamente siempre sabrán bien. He escuchado por ahí que los españoles se horrorizan de la manera en que comemos mariscos, aliñándolos con innumerables salsas, ¿pero qué tanto puedes esperar de un país cuyo plato nacional son huevos con papas? Simplemente nuestro paladar es de una complejidad tal que inventa cosas como el aguachile. Y aun así la ley fundamental debajo de todo ese capsicum, ácido cítrico, ácido acético y glutamato monosódico queda inalterada: fresco y carnoso es siempre mejor.

El plato nacional de España: la tortilla de patatas. Plato que el autor, al parecer, odia.

Sirva este rodeo conceptual para decir que comí muy bien en Los Plebes. En verdad, la torre de mariscos que fue presentada ante mi debió haber sido devorada por Poseidón y no por este simple mortal. No solo la presentación era una suerte de cornucopia del mar, sino que los ingredientes eran fresquísimos. Cada camarón que tocó mi boca tenía todo el sabor del mar y cada ostión tenía la delicadeza y untuosidad del sexo primordial.

Debí, desde el momento de llegar, haberme percatado de la cantidad de coches y camionetas de lujo a mi alrededor. No fue hasta que la música comenzó a sonar (admiro a quienes en plena resaca se sienten con el temple de escuchar el resoplido agudo y elefantiásico de un trombón) que me di cuenta que estaba rodeado de pequeños narcotraficantes. Vestidos con polos blancos de Lacoste y pantalones cortos color salmón, mocasines italianos sin calcetines y todos, absolutamente todos, con la misma estúpida expresión de miedo, ansiedad y fingido regocijo. Barba delineada, cabello corto, rostro recién salido de un lifting. Imaginen un ejército hecho de clones de un adolescente español falangista de 1982 y entenderán lo que es un narcojunior chihuahuense. Muy atrás habían quedado los sombreros, los cintos piteados y las botas de mantarraya y en el fondo sentí una inmensa tristeza, casi devastadora, porque el dinero que se veía a leguas que tenían no les alcanzaba para comprarse una identidad propia.

Nótese que el simpático camarón es, como no podría ser de otra manera, un pitcher diestro.

Debo inaugurar un párrafo y hacer mención de algo especial, mientras devoraba un ostión pude ver que todos estos muchachitos cargaban una suerte de mariconera. De música de fondo sonaba un corrido indistinguible pero de reciente factura y pude observar que estos niños, dentro de su cosmetiquera sobre la mesa, portaban pequeñas pistolas, probablemente calibre 22. Realmente hay que ser estúpido para escoger una profesión en la cual comer mariscos un domingo por la mañana se vuelva a una amenaza, pero hay que ser diez veces más estúpido para salir un domingo por la mañana a matar a alguien mientras come mariscos. En ese momento el sabor de mi comida pareció perderse en la nada, una suerte de cartón invadió mis pupilas gustativas y me di cuenta que estaba yo en peligro. Un peligro que no había buscado. Un peligro que, como población civil en estado de santa resaca, no me tocaba. A los indistinguibles niños de pantalones color salmón podían llegar a asesinarlos en cualquier momento y a mí podría tocarme una bala solo por estar esperando el mejor aguachiles de todos los tiempos.

Quienes me conocen sabrán que puedo soportar la violencia y lo folclórico, lo que es inaguantable para mi es la mala educación y el mal gusto. Y no encuentro nada de más mal gusto que la uniformidad y nada de peor educación en el mundo que ser asesinado frente a otra persona mientras come. Me sorprende que Chihuahua, un estado tan mocho y seudo aristocrático que cree que el aborto es una nacada radical en lugar de un asunto de salud pública, se permita convivir con estas muestras de vulgaridad. ¿No será que, desde don Luis Terrazas para acá, en realidad esta sociedad que llamamos chihuahuense esté fundada por los caprichos estéticos de lo que llamamos nuevos ricos? Me parece que el bodrio del ángel de bronce que da vueltas y tiene un rayo láser en la punta, el que corona nuestra plaza mayor, proviene del mismo abismo estético que el narcojunior que en una bolsita Louis Vuitton guarda su pistola deportiva. Hay una terrible confusión entre el lujo, la exuberancia, la belleza y el buen gusto, cada una siendo cosa diferente y no siempre accesible a billetazos.

¿Conclusión? A veces la mejor comida pasa a ser el segundo plato de una sociedad secuestrada. Y no digo que secuestrada por el crimen, sino por la falta de elegancia y la uniformidad de la periferia mental que es el norte de México. Si quieren comer buenos mariscos vayan a Los Plebes, recomiendo en especial la “embarazada reina” a pesar de que cause cierto pundonor, no moral sino estético, tan solo pronunciar su nombre. Si quiere la paz del espíritu y apartarse de las cosas horribles: no salga de casa.Raúl Aníbal Sánchez (Chihuahua 1984). Es autor de muchos libros de cuentos, uno de poesía y una novela.

3 comentarios sobre “Los narcotraficantes son todos imbéciles y feos, pero los sicarios lo son más

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  1. uniformidad de la periferia mental? palabras de alguien incapaz de encontrar la grandeza en lo burdo de las piedras o en la monotonía de los cerros, pseudoiluniado que cree que cambiar de geografía lo pone por encima de las bestias y con la capacidad de juzgar. hHce poco me e propuesto indagar en las expresiones “literarias” de los que se consideran literatos, y es que di contigo “escritor” de reseñas gastronómicas o cualquiera que sea la palabra que olvide, me topo con alguien que se cree mas grande que lo que hace, tu abuso de la hipérbole y la forma en la que quieres hablar de todo mientras hablas de tacos, o cócteles me parece sosa, sobre cargada, excesiva y en general de mal gusto, solo quiero que sepas eso.
    es fácil hablar mal de lo que escapas, pues justifica la razón que te alejo de tu inacción, el niño tenia sueños lo entiendo y se quiso destacar del montón, pero se llevo el montón en la cabeza y solo supo reñir con los demás y creerse mejor que los otros solamente por que si, por que le quedaba lejos el mar, o por que los cerros no le dejaban ver el sol en las mañanas. no me gusta tu trabajo por cosas que sobre pasan la estética del mismo, simplemente me caga la actitud de esas gentes que creen que quejarse es actuar y que quejándose van a yeguar a algún lado (sin quitar que tal ves lleguen a algún lado), tal ves este de cuerdo contigo en algunas cosas (el PAN es una mierda) pero la esencia de tu obra, me parece molesta, me valdría madre sino fueras de mi tierra, pero lo eres y no no soy patriota y si creo que tu perteneces a una uniformidad mental que trasciende las geografías y los lugares y que ademas esta de moda.
    escrito pero no leído: La Victima.

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